
lunes, 2 de marzo de 2009
Mempo Giardinelli
Cuentos recomendados por maestros del género, según Mempo Giardinelli
*La perfecta casada – Angélica Gorodischer
*La última huelga de los basureros – Bernardo Kordon
*El juguete rabioso – Roberto Arlt
*Escritor fracasado – Roberto Arlt
*Babilonia revisitada – Scott Fitzgerald
*Penas tempranas – Scott Fitzgerald
*El sueño de Tennessee – Brett Harte
*Loa bandidos de Poker Flat – Brett Harte
*Los papeles de Aspem – Henry James
*Las grandes ilusiones – Charles Dickens
*La dama de espadas – Alexander Pushkin
*Las dos Elenas – Carlos Fuentes
*Los compas – Edmundo Valadés
*La muerte tiene permiso – Edmundo Valadés
*Instrucciones para John Howell – Julio Cortázar
*Axolotl – Julio Cortázar
*El tío Facundo – Isidoro Blaisten
*En memoria de Paulina – Adolfo Bioy Casares
*Cenin – Akutakagua
*En absence – Max Beerbohn
*Enoch Soams – Max Beerbohn
*El infante – Máximo Gorki
*La inundación – Enrique Wernicke
*El señor cisne – Enrique Wernicke
*Hojas rojas – William Faulkner
*La caja de vidrio – Ricardo Piglia
*El zapallo que se volvió cosmos – Macedonio Fernández
*Las hortensias – Felisberto Hernández
*El prodigioso miligramo – Juan José Arreola
*Hierba del cielo – Marco Denevi
*Charlie – Marco Denevi
*El rey de Finlandia – Carson McCullers
*El murciélago – Luigi Pirandello
*Las dos mujeres – Giuseppe Marotta
*El marinero de Ámsterdam – Guillaume Apollinaire
*La muerte viaja en una Olivetti – Miguel Ángel Molfino
*Exactamente como los perros – Dylan Thomas
*Una tragedia en Harlem – O’Henry
Betuel Bonilla Rojas
domingo, 23 de noviembre de 2008
Julio Cortázar

Julio Cortázar nació en Bruselas el 26 de Agosto de 1914, de padres argentinos. Llegó a la Argentina a los cuatro años. Paso la infancia en Bánfield, se graduó como maestro de escuela e inició estudios en la Universidad de Buenos Aires, los que debió abandonar por razones económicas. Trabajó en varios pueblos del interior del país. Enseño en la Universidad de Cuyo y renunció a su cargo por desavenencias con el peronismo. En 1951 se alejó de nuestro país y desde entonces trabajó como traductor independiente de la Unesco, en París, viajando constantemente dentro y fuera de Europa. En 1938 publicó, con el seudónimo Julio Denis, el librito de sonetos ("muy mallarmeanos", dijo después el mismo) Presencia. En 1949 aparece su obra dramática Los reyes. Apenas dos anos después, en 1951, publica Bestiario: ya surge el Cortázar deslumbrante por su fantasía y su revelación de mundos nuevos que irán enriqueciéndose en su obra futura: los inolvidables tomos de relatos, los libros que desbordan toda categoría genérica (poemas-cuentos-ensayos a la vez), las grandes novelas: Los premios (1960), Rayuela (1963), 62/Modelo para armar (1968), Libro de Manuel (1973). El refinamiento literario de Julio Cortázar, sus lecturas casi inabarcables, su incesante fervor por la causa social, hacen de él una figura de deslumbrante riqueza, constituída por pasiones a veces encontradas, pero siempre asumidas con él mismo, genuino ardor. Julio Cortazar murió en 1984 pero su paso por el mundo seguirá suscitando el fervor de quienes conocieron su vida y su obra.
Cuentos breves del cronopio Julio Cortázar
Julio Cortázar
La sirvienta recoge los pañuelos y los guarda para ella. Como está muy sorprendida por la conducta del fama, un día no puede contenerse y le pregunta si verdaderamente los pañuelos son para tirar.
―Gran idiota ―dice el fama―, no había que preguntar. Desde ahora lavarás mis pañuelos y yo ahorraré dinero.
Julio Cortázar (Argentina)
Un fama descubrió que la virtud era un microbio redondo y lleno de patas. Instantáneamente dio a beber una cucharada de virtud a su suegra. El resultado fue horrible: esta señora renunció a sus comentarios mordaces, fundó un club para la protección de alpinistas extraviados, y en menos de dos meses se condujo de manera tan ejemplar que los defectos de su hija, hasta entonces inadvertidos, pasaron a primer plano con gran sobresalto y estupefacción del alma. No le quedó más remedio que dar una cucharada de virtud a la mujer, la cual lo abandonó esa misma noche por encontrarlo grosero, insignificante, y en un todo diferente de los arquetipos morales que flotaban rutilando ante sus ojos.
El fama lo pensó largamente, y al final se tomó un frasquito de virtud. Pero lo mismo sigue viviendo solo y triste. Cuando se cruza en la calle con su suegra o su mujer, ambos se saludan respetuosamente y desde lejos. No se atreven ni siquiera a hablarse, tanta es su respectiva perfección y el miedo que tienen de contaminarse.
Julio Cortázar (Argentina)
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente un reloj, que los cumplas muy felices, y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con ancora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y paseará contigo. Te regalan ―no lo saben, lo terrible es que no lo saben―, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo, pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de a atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
martes, 21 de octubre de 2008
Juan José Millás
Escritor valenciano. Se trasladó aún niño con su numerosa familia a Madrid (1952), ciudad donde ha vivido la mayor parte de su vida. En la universidad franquista, por entonces en poder de profesores del régimen, empezó Filosofía y Letras, que abandonó al tercer año. Su dedicacíon a la literatura fue debido a que era un incompetente en todo lo demás, al haber reprobado ocho veces inglés. Obtuvo un trabajo como administrativo en Iberia y se consagró a la lectura y la escritura. Algunas de sus novelas son: Cerbero son las sombras (1975), Visión del ahogado (1977), El jardín vacío (1981), Papel mojado (1983). Ahora vive del periodismo y la literatura. Creó un género literario personal, el articuento, en el que una historia cotidiana se transforma por obra de la fantasía en un punto de vista para mirar la realidad de forma crítica. Sus columnas de los viernes en El País han alcanzado un gran número de seguidores por la sutileza y originalidad de su punto de vista para tratar los temas de la actualidad, así como por su gran compromiso social y la calidad de su estilo. En el 2005 fue galardonado con el Premio de Periodismo Francisco Ceredo. En el 2007 fue galardonado con el Premio Planeta por su novela autobiográfica El mundo. El que jadea
―¿Quién es? ―pregunté.
―Yo soy el que jadea ―respondió una voz neutra, quizá algo cansada.
Colgué, perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
―¿Quién era?
―El que jadea ―dije.
―Habérmelo pasado.
―¿Para qué?
―No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
Continué leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de internacional, como si estuviera interesado en la alta política, la oí hablar con el psicópata.
―No te importe ―decía―, resopla todo lo que quieras, hijo. A mi no me das miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo, no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas a la Telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana pasada telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como uno americano. Enhorabuena, hijo.
A continuación escuchó un poco sofocada dos o tres tandas de jadeos, y colgó con naturalidad. Yo intenté reprimirme, creo que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, pero no pude. Me salió la bestia autoritaria que llevo dentro.
―No me parece muy edificante la conversación que has tenido con ese degenerado, la verdad.
Ella se asomó a la página de mi periódico y al ver las fotos de las amantes de Clinton por orden alfabético respondió que un lector de pornografía barata no era quién para meterse con un pobre jadeador que vivía con su madre paralítica, y cuyo único desahogo sexual era el jadeo telefónico.
Me mordí la lengua para no discutir, porque era sábado y quería empezar bien el fin de semana. Pero el domingo, mientras mi mujer estaba en misa, telefoneó de nuevo el jadeador y le mandé a la mierda.
―Se lo voy a contar a tu mujer ―respondió en tono de amenaza―. Le voy a decir cómo tratas tú a la gente educada y te vas a enterar de lo que vale un peine.
―Tampoco es para ponerse así ―dije dando marcha atrás, no tenía ganas de líos domésticos―. Es que me has cogido en un mal momento. Discúlpame.
―Está bien, está bien. ¿Y tu mujer?
―Se ha ido a misa.
―Dile que luego la llamo.
Me quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales. Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios culturales, no sé. Pero al ver aquella relación tan sana entre mi mujer y el jadeador pensé que no podía ser malo. Así que marqué un número al azar y me puse a jadear como un loco, intentando recuperar los años perdidos.
―¿Quién es? ―preguntó con cierta alarma una mujer cuya voz me resultó familiar.
―Soy el jadeador ―dije con naturalidad.
―Espere, que le paso a mi marido.
El marido resultó ser mi padre, nos reconocimos enseguida: inconscientemente, había marcado su número. Me dijo que ya sabían los dos que acabaría así y colgó. Luego llamaron a mi mujer y le contaron todo. Ella dice que quiere abandonarme, por psicópata, y me ha pedido que le firme unos papeles.
―Jadear a tu propia madre. ¿Dónde se ha visto eso?
Nunca acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día. Total, que ahora ya no puedo dejar de jadear, pero de angustia, aunque mis padres creen que lo hago por vicio.