martes, 21 de octubre de 2008

Juan José Millás

Escritor valenciano. Se trasladó aún niño con su numerosa familia a Madrid (1952), ciudad donde ha vivido la mayor parte de su vida. En la universidad franquista, por entonces en poder de profesores del régimen, empezó Filosofía y Letras, que abandonó al tercer año. Su dedicacíon a la literatura fue debido a que era un incompetente en todo lo demás, al haber reprobado ocho veces inglés. Obtuvo un trabajo como administrativo en Iberia y se consagró a la lectura y la escritura. Algunas de sus novelas son: Cerbero son las sombras (1975), Visión del ahogado (1977), El jardín vacío (1981), Papel mojado (1983). Ahora vive del periodismo y la literatura. Creó un género literario personal, el articuento, en el que una historia cotidiana se transforma por obra de la fantasía en un punto de vista para mirar la realidad de forma crítica. Sus columnas de los viernes en El País han alcanzado un gran número de seguidores por la sutileza y originalidad de su punto de vista para tratar los temas de la actualidad, así como por su gran compromiso social y la calidad de su estilo. En el 2005 fue galardonado con el Premio de Periodismo Francisco Ceredo. En el 2007 fue galardonado con el Premio Planeta por su novela autobiográfica El mundo.

El que jadea

Juan José Millás
Descolgué el teléfono y escuché un jadeo venéreo al otro lado de la línea.
―¿Quién es? ―pregunté.
―Yo soy el que jadea ―respondió una voz neutra, quizá algo cansada.
Colgué, perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
―¿Quién era?
―El que jadea ―dije.
―Habérmelo pasado.
―¿Para qué?
―No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
Continué leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de internacional, como si estuviera interesado en la alta política, la oí hablar con el psicópata.
―No te importe ―decía―, resopla todo lo que quieras, hijo. A mi no me das miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo, no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas a la Telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana pasada telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como uno americano. Enhorabuena, hijo.
A continuación escuchó un poco sofocada dos o tres tandas de jadeos, y colgó con naturalidad. Yo intenté reprimirme, creo que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, pero no pude. Me salió la bestia autoritaria que llevo dentro.
―No me parece muy edificante la conversación que has tenido con ese degenerado, la verdad.
Ella se asomó a la página de mi periódico y al ver las fotos de las amantes de Clinton por orden alfabético respondió que un lector de pornografía barata no era quién para meterse con un pobre jadeador que vivía con su madre paralítica, y cuyo único desahogo sexual era el jadeo telefónico.
Me mordí la lengua para no discutir, porque era sábado y quería empezar bien el fin de semana. Pero el domingo, mientras mi mujer estaba en misa, telefoneó de nuevo el jadeador y le mandé a la mierda.
―Se lo voy a contar a tu mujer ―respondió en tono de amenaza―. Le voy a decir cómo tratas tú a la gente educada y te vas a enterar de lo que vale un peine.
―Tampoco es para ponerse así ―dije dando marcha atrás, no tenía ganas de líos domésticos―. Es que me has cogido en un mal momento. Discúlpame.
―Está bien, está bien. ¿Y tu mujer?
―Se ha ido a misa.
―Dile que luego la llamo.
Me quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales. Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios culturales, no sé. Pero al ver aquella relación tan sana entre mi mujer y el jadeador pensé que no podía ser malo. Así que marqué un número al azar y me puse a jadear como un loco, intentando recuperar los años perdidos.
―¿Quién es? ―preguntó con cierta alarma una mujer cuya voz me resultó familiar.
―Soy el jadeador ―dije con naturalidad.
―Espere, que le paso a mi marido.
El marido resultó ser mi padre, nos reconocimos enseguida: inconscientemente, había marcado su número. Me dijo que ya sabían los dos que acabaría así y colgó. Luego llamaron a mi mujer y le contaron todo. Ella dice que quiere abandonarme, por psicópata, y me ha pedido que le firme unos papeles.
―Jadear a tu propia madre. ¿Dónde se ha visto eso?
Nunca acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día. Total, que ahora ya no puedo dejar de jadear, pero de angustia, aunque mis padres creen que lo hago por vicio.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Ejercicio de composición de imágenes literarias

Betuel Bonilla Rojas

Ese ser llamado Anrula vive en un país tan lejano que todos los intentos de describirlo (el país) tienen que fracasar, pues la descripción de una región, incluida la más exótica, sólo está bien conseguida cuando se toma como referencia algo comparable y conocido. Yo, por ejemplo, quiero hablar de árboles: pues entonces, será cuestión de árboles que, como cabellos de mujer, ondean lentamente, de acá para allá, como torrentes de agua, pero no horizontalmente, sino en vertical, hacia arriba, como llamas, pero tampoco exactamente. Hasta para una descripción tan vaga recurro a todo género de imágenes conocidas: árboles, cabellos de mujer, agua, llamas.

A partir del siguiente ejemplo, extraído del cuento “Anrula”, de Michael Ende, intente hablar mediante imágenes comparativas, bien a través de símiles, de metáforas o de hipérboles, de los siguientes elementos de la cotidianidad:

a) Un hombre calvo:
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b) Un perro callejero:
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c) Una fila en un banco:
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d) Un niño recién nacido:
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Raymond Carver


Raymond Carver

Escritor y poeta estadounidense nacido en Clatskanie, Oregón. Vivió en docenas de lugares trabajando en ocupaciones ocasionales y mal pagadas, debatiéndose en la más absoluta de las pobrezas, con un matrimonio destrozado, con graves problemas de alcohol durante varios años. Además de libros de poemas, Un sendero nuevo a la cascada (1985) y Bajo una luz marina (1986), publicó cuatro volúmenes de relatos que lo acreditaron como uno de los mejores escritores norteamericanos de la década: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), Catedral (1983) y Tres rosas amarillas (1988). Los libros de Carver están formados por relatos cortos que reflejan los dramas aparentemente más triviales, las catástrofes silenciosas de la gente más común, que poseen la capacidad de provocar una impresión fortísima, una indeleble conmoción. Dotado de un apreciable escepticismo y resentimiento, mediante una técnica escueta y directa, carente de adornos estilísticos, casi minimalista, dibuja una gama de anónimos perdedores de una sociedad que parece haberse olvidado de ellos: desempleados, alcohólicos, divorciados, seres solitarios que van hacia la deriva y que no tienen otra cosa que hacer sino mirar la televisión, evitando mirar a su propio interior y comprobar que no son más que sombras cargadas de desesperanza. En 1988, cuando estaba en su mejor momento, porque había dejado de beber, tenía una estimulante relación amorosa con la poeta Tess Gallagher y se había convertido en el mejor cuentista vivo estadounidense, se le detectó un cáncer de pulmón. Murió en Port Angeles, Washington ese mismo año.

Dos cuentos breves de Raymond Carver

EL PADRE
Raymond Carver

El bebé estaba en una canasta al lado de la cama, y llevaba puesto un pelele y un gorro blanco. La canasta de mimbre estaba recién pintada, acolchada con pequeños edredones azules y sujeta con cintas de color azul claro. Las tres hermanitas y la madre, que se acababa de levantar de la cama y aún no se había despertado del todo, y la abuela, rodeaban todas al bebé y observaban cómo miraba con fijeza y de cuando en cuando se llevaba el puño a la boca. No sonreía ni reía, pero a veces parpadeaba y movía la lengua entre los labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.
El padre estaba en la cocina y les oía jugar con el bebé.
―¿A quién quieres tú pequeñín? ―dijo Phyllis―, y le hizo cosquillas en la barbilla.
―Nos quiere a todos ―dijo Phyllis―, pero al que quiere de veras es a papá, ¡porque papá también es chico!
La abuela se sentó en el borde de la cama y dijo:
―¡Mirad su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Igualitos que los de su madre.
―¿No es una preciosidad? ―dijo la madre―. Tan sano, mi niñito. ―Se inclinó sobre la cuna, besó al bebé en la frente y tocó la colcha que le tapaba el brazo―. Nosotros también le queremos.
―¿Pero a quién se parece, a quién se parece? ―exclamó Alice, y todas ellas se acercaron a la canasta para ver a quién se parecía.
―Tiene los ojos bonitos ―dijo Carol.
―Todos los bebés tienen los ojos bonitos ―dijo Phyllis.
―Tiene los labios del abuelo ―dijo la abuela―. Fijaos en esos labios.
―No sé... ―dijo la madre―. No sabría decir.
―¡La nariz! ¡La nariz! ―gritó Alice.
―¿Qué pasa con su nariz? ―preguntó la madre.
―En la nariz se parece a alguien ―dijo la niña.
―No, no sé... ―dijo la madre―. No creo.
―Esos labios... ―dijo entre dientes la abuela―. Esos deditos... ―dijo, destapando la mano del bebé y extendiéndole los menudos dedos.
―¿A quién se parece este niño?
―No se parece a nadie ―dijo Phyllis. Y todas se acercaron aún más a la canasta.
―Ya sé! ¡Ya sé! ―dijo Carol―. ¡Se parece a papá! Todas miraron al bebé de muy cerca.
―¿Pero a quién se parece su papá? ―preguntó Phyllis.
―¿A quién se parece papá? ―repitió Alice, y entonces todas ellas miraron a la vez hacia la cocina, donde el padre estaba en la mesa, de espaldas a ellas.
―¡Vaya, a nadie! ―dijo Phyllis, y se puso a lloriquear un poco.
―Calla ―dijo la abuela, apartando la mirada. Luego volvió a mirar al bebé.
―¡Papá no se parece a nadie! ―dijo Alice.
―Pero tendrá que parecerse a alguien ―dijo Phyllis, secándose los ojos con una de las cintas. Y todas salvo la abuela miraron al padre, que seguía sentado en la cocina.
Se había dado la vuelta en su silla y tenía la cara pálida y sin expresión.


MECÁNICA POPULAR
Raymond Carver

Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua sucia. Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana ―una ventana abierta a la altura del hombro― que daba al traspatio. Por la calle pasaban coches salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de la casa.
Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció en la puerta.
¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas!, gritó. ¿Me oyes?
Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.
¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas! Empezó a llorar. Ni siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto?
Entonces ella vio la fotografía del niño encima de la cama, y la cogió.
Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después se dio la vuelta y volvió a la sala.
Trae aquí eso, le ordenó él.
Coge tus cosas y lárgate, contestó ella.
Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, miró a su alrededor antes de apagar la luz. Luego pasó a la sala.
Ella estaba en el umbral de la cocina, con el niño en brazos.
Quiero el niño, dijo él.
¿Estás loco?
No, pero quiero al niño. Mandaré a alguien a recoger sus cosas.
A este niño no lo tocas, advirtió ella.
El niño se había puesto a llorar, y ella le retiró la manta que le abrigaba la cabeza.
Oh, oh, exclamó ella mirando al niño.
Él avanzó hacia ella.
¡Por el amor de Dios!, se lamentó ella. Retrocedió unos pasos hacia el interior de la cocina.
Quiero el niño.
¡Fuera de aquí!
Ella se volvió y trató de refugiarse con el niño en un rincón, detrás de la cocina. Pero él les alcanzó. Alargó las manos por encima de la cocina y agarró al niño con fuerza.
Suéltalo, dijo.
¡Apártate! ¡Apártate!, gritó ella.
El bebé, congestionado, gritaba. En la pelea tiraron una maceta que colgaba detrás de la cocina.
Él la aprisionó contra la pared, tratando de que soltara al niño. Siguió agarrando con fuerza al niño y empujó con todo su peso.
Suéltalo, repitió.
No, dijo ella. Le estás haciendo daño al niño.
No le estoy haciendo daño.
Por la ventana de la cocina no entraba luz alguna. En la oscuridad él trató de abrir los aferrados dedos ella con una mano, mientras con la otra agarraba al niño, que no paraba de chillar, por un brazo, cerca del hombro.
Ella sintió que sus dedos iban a abrirse. Sintió que el bebé se le iba de las manos.
¡No!, gritó al darse cuenta de que sus manos cedían.
Tenía que retener a su bebé. Trató de agarrarle el otro brazo. Logró asirlo por la muñeca y se echó hacia atrás.
Pero él no lo soltaba.
Él vio que el bebé se le escurría de las manos, y estiró con todas sus fuerzas. Así, la cuestión quedó zanjada.



jueves, 18 de septiembre de 2008

Minicuento cubano contemporáneo

NOTA DE PRENSA
Hugo Luis Sánchez González (Cuba)

Se informa a la ciudadanía que el horizonte ha desaparecido. Valiéndose de la noche, el enemigo ha obrado de manera pérfida, como nos tiene acostumbrados, y al amanecer nuestras fuerzas han podido constatar a todo lo largo de la isla que ya no existe la línea del horizonte. Si aquellos que nos quieren destruir piensan que con ello van a mellar nuestra fe en el porvenir, ya deberían tener por sabido que a nosotros nada nos asusta, que el futuro nos pertenece por entero, que nuestros principios son indoblegables y que, ante todo, estamos consagrados y somos inmortales. A quienes creyeron que veíamos en el horizonte un símbolo de esperanza, también debemos recordarles que la fe va dentro de nosotros mismos, que nos acompaña como la gloria eterna, que la historia así lo ha confirmado y que ningún espejismo, por real que parezca, nos va a engañar. Y aun más, si pudieron en sólo unas horas borrar el horizonte, con ello no han hecho más que demostrar que el horizonte fue un invento, una patraña para tratar de engatusarnos y confundirnos. Lo que verdaderamente ha ocurrido es que el horizonte jamás existió, fue una quimera que nos inocularon con la finalidad de alocar nuestra brújula y hacernos adictos a las ilusiones. Nosotros permaneceremos firmes, inclaudicables detrás de las trincheras que hemos cavado en el suelo de la Patria y que, por lo tanto, son sagradas. Si ya no hay horizonte, son ellos quienes se lo pierden.
REBECA
Ariadna Arias Martínez (Cuba)

A los dieciséis Rebeca será violada en su propia casa. Intentará suicidarse sin conseguirlo. Tendrá que lidiar con el trauma toda su vida. No por mucho tiempo… A los veinticuatro le diagnosticarán una leucemia que la dejará respirar sólo dos años.
En los últimos días Rebeca sentirá lástima de sí. Romperá sus proyectos y dejará de visitar espiritistas. Esperará a quedarse sola para vaciar una botella de alcohol sobre su cuerpo. Correrá encendida hacia la calle. Morirá.
Ya en el ataúd, Rebeca no podrá exhibir su rostro. Se alegrará de que así sea. Escuchará a la gente conversar ante una caja de madera sin la certeza de que ella está dentro.
MENTA (Cuba)
Jorge Fernández Era

Nuestro personaje vive en un apartamento del último piso. Merienda un caramelo y arroja al vacío la envoltura tras convertirla en una diminuta esfera. La pelotita cae justo sobre el ojo del conductor de un auto que desvía el rumbo, roza un muro y se araña. El tipo llega malhumorado al hospital a cumplir su faena como cirujano, pica donde no debe a un paciente y lo manda a terapia intensiva. La madre del enfermo se ataca de los nervios y prende candela al almacén del centro hospitalario. Al almacenero se le imputa negligencia, pierde el trabajo, llega a casa y, para descargar su rabia, la emprende a golpes con su inocente mujer, hija de un representante en la ONU. Éste recibe el fax con la noticia minutos antes de arengar contra un país vecino por asuntos de disputas territoriales. En el plenario se exalta y lanza tres palabrotas a la delegación oponente. La nación ofendida, en voz de su Presidente, jura vengar la afrenta y declara la guerra de inmediato. El primer cohete impacta en la azotea del edifico donde reside adivinen quién.

EL POETA Y EL REY
José Antonio Michelena Gutiérrez (Cuba)

En sus primeras composiciones el poeta mencionó al rey sin alabarlo. Fue encarcelado. Pero el monarca ordenó ponerlo en libertad.
En su siguiente trabajo el poeta se refirió a los héroes. Los funcionarios le recordaron que había escrito de batallas sin nombrar al rey. Y eso no estaba bien. Podía volver a la cárcel.
El poeta le cantó al amor. Le dijeron que el amor al rey era lo primero y él lo omitió. Su libertad pendía de un hilo.
Mientras, la fama del poeta crecía. Sus composiciones, aunque sin respaldo de la corona, se conocían en todo el reino.
Cuando el poeta dijo que los mayores enemigos estaban en el reino, fue castigado. Pasó varios meses en la construcción de una muralla; después, cantó las hazañas de los constructores. Su poema se convirtió en himno y fue condecorado.
En lo adelante, cada poema suyo, cualquiera que fuera su tema y tratamiento, triunfaba en todo el reino, e incluso más allá de las murallas. Comenzaron los viajes del poeta.
Entonces compuso un poema laudatorio, el mayor que se le había hecho al soberano.
Y fue ajusticiado.